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ODIO

Nestor Vargas y Eusebio Ponce, "El Cejón", nacieron para odiarse sin límites. Llegaron al mundo, para su desgracia, en la misma calle de un pueblo chico y tranquilo, hasta ese entonces.

Ni bien aprendieron a caminar, supieron cruzar el barro que los separaba y enfrentaba sus pequeñas vidas, para empujarse hasta que alguno iba de traste al zanjón. Fueron aprendiendo a pegarse, el uno del otro. Si hubiesen sido hermanos, de seguro que serían los dos Caín,

Así los recibió el colegio, la cosa fue cada vez más dura, se conocían las mañas.

Un día, cuando terminaban el último año, se pegaron tanto y tan mal que empezaron a temerse, sin renunciar al antiguo mandato.

Pasaron algunos años, el pueblo había crecido, ellos también y en forma proporcional, sus sentimientos recíprocos.

A la vuelta de la iglesia, estaba el boliche del Chino Ivan, forastero en el lugar, se decía que debía algo en la capital. Cada semana por medio, venía una chica a hacerse de unos pesos, claro, repartía con el Chino, que ponía la pieza en el fondo, con baño y bien arreglada.

Esa noche, llegó el Eusebio, vestido de traje negro y perfumado, sin saludar preguntó --¿Está la Rusita Sonia?

Ivan, conocía las historias del lugar y evitaba los líos en su negocio. –Está ocupada, venÍ en una hora, te guardo el turno.

En eso, sintió risas en el patio y lo vio despedirse de ella como si no fuera un cliente. Las cejas se le juntaron.

Nestor conocía el gesto y se tocó la cintura. Tenía que ser esa noche.

Caminaron en silencio hasta el campito, donde, antiguamente se pegaban patadas, con la excusa de la pelota. Los dos eran el otro, el que no debía seguir vivo.

Era Invierno, el pueblo estaba quieto y oscuro. Simplemente, empezaron a tirarse puñaladas, a cortarse de a poco, parecía una danza de fantasmas en la niebla, que resplandecían en un tono rojizo, una ceremonia brutal sin quejidos. Era como si se mordieran a punta de cuchillo, se sacaban el veneno de a pedazos, hasta no poder sostenerlos ya en sus manos, que aflojaron.

Entonces, se miraron como teniéndose lástima, se acercaron.

El alba los encontró abrazados y muertos.

Julio V. Altman